Me agobia cuidar de mi madre
- Senium blog

- 16 feb
- 7 Min. de lectura

No sé en qué momento pasó. No hubo un día concreto, ni una noticia grande, ni una conversación solemne. Fue más bien un goteo. Primero un “¿me recuerdas a qué hora era lo del médico?”. Luego un “se me ha acabado la pastilla, ¿tú sabes cuál era?”. Después, llamadas a media mañana, a media tarde, a la hora de cenar. Y de pronto, sin darme cuenta, mi vida empezó a girar alrededor de una lista invisible que solo yo veía.
A veces me sorprendo pensando: me agobia cuidar de mi madre. Y lo pienso con un nudo en la garganta, porque suena horrible. Porque es mi madre. La que me hacía bocadillos envueltos en papel de aluminio y me esperaba despierta si llegaba tarde. La que me decía “abrígate, que te vas a enfriar” aunque fuera agosto. ¿Cómo va a agobiarme ella?
Y sin embargo, me agobia.
La carga que no se ve
Mi madre no está “mal” de una manera evidente. No está postrada. No tiene una enfermedad que haga que todo el mundo entienda, automáticamente, por qué estoy cansada. Está… frágil. Un poco olvidadiza. Un poco más lenta. Con días buenos y días en los que se le cae el mundo encima por cosas pequeñas.
La fragilidad tiene un efecto curioso: desde fuera parece poca cosa, pero por dentro ocupa muchísimo.
Mi mañana empieza con un repaso mental automático, como si mi cabeza fuera un panel de control.
¿Ha tomado la pastilla de la tensión?
¿Le toca la del colesterol o esa ya se la cambiaron?
¿Tenía cita con el traumatólogo o era la semana que viene?
¿He pedido el volante? ¿Dónde lo dejé?
¿Queda pan? ¿Le llevé fruta?
A las 10:13 suena el teléfono. Siempre a horas raras, como si mi madre tuviera un radar para pillarme en mitad de algo.
—Hija… ¿tú sabes dónde he puesto la tarjeta del banco?
Respiro. No porque no quiera ayudarla, sino porque sé lo que viene después: veinte minutos buscándola conmigo a distancia, preguntándole qué cajón, qué monedero, qué bolso, si la metió “en el sitio de siempre”. Y ese “sitio de siempre” cambia cada semana.
A veces remata con su frase favorita, la que me provoca ternura y rabia a la vez:
—Yo antes no era así.
Y yo respondo lo de siempre:
—Ya, ama, no pasa nada. Vamos a encontrarla.
Pero por dentro pienso: claro que pasa. Pasa que cada cosa que se pierde es una alerta. Pasa que cada duda es un recordatorio de que el tiempo está avanzando y yo voy detrás, intentando que no se note.
Los hermanos y el WhatsApp que no responde nadie
Tengo dos hermanos. Los quiero, de verdad. No son malas personas. No son “los malos” de esta historia. Pero cuando el cuidado entra en la familia, la justicia se vuelve un concepto abstracto.
Tenemos un grupo de WhatsApp que se llama “Ama”. Lo abrimos con ilusión, como si el simple hecho de nombrarlo fuera a ordenar el caos. Los primeros días funcionó: “he comprado las pastillas”, “le he llevado comida”, “mañana voy yo”.
Luego la realidad se impuso.
El lunes por la noche escribí:
“Chicos, el jueves tiene revisión. ¿Quién puede acompañarla? Yo tengo reunión y no llego.”
Silencio.
Ni un “lo miro”. Ni un “a qué hora es”. Nada. Solo los dos ticks azules.
A la mañana siguiente vuelvo a escribir, con un tono más amable, como si el problema hubiera sido mi forma de pedirlo:
“Es a las 12:00. Si no podéis, me organizo, pero necesito saberlo.”
Y entonces llega el clásico:
—“Yo imposible, tengo curro.”
—“Esta semana la tengo complicada, ya me dirás.”
Ya me dirás. Esa frase debería venir con un manual. Significa: “Decide tú, que yo me adapto a lo que tú decidas”. O sea: “Hazte cargo tú, y yo te aplaudo desde lejos”.
Lo peor no es que no ayuden siempre. Lo peor es cómo te convierte a ti en la responsable oficial. La que decide. La que coordina. La que se come la culpa si algo sale mal.
Y la culpa es pegajosa. Se te queda en las manos aunque te las laves mil veces.
La escena de la medicación
La medicación es un capítulo aparte. Mi madre tiene su pastillero con compartimentos, esos de lunes a domingo, mañana y noche. Yo lo preparo los domingos, como quien hace un ritual.
El problema es que ella no confía. O se lía. O un día decide que “esa pastilla me sienta mal” y la deja.
Hace dos semanas fui a su casa y vi el compartimento del miércoles por la noche intacto.
—Ama, ¿te la tomaste?
—Claro que sí.
—Pero está aquí.
—Ah, pues entonces sería que la puse ahí después.
Me quedé mirándola. No quise discutir. No sirve. Pero me entró una sensación horrible: la de estar sujetando una cuerda floja y no saber cuándo se va a romper.
Esa noche, cuando volví a casa, me metí en la cama y me quedé con los ojos abiertos. Mi pareja me preguntó:
—¿Qué te pasa?
Y yo dije lo de siempre:
—Nada.
Porque explicar esto es difícil. Porque parece exagerado. Porque no es una urgencia, pero es constante. Porque no hay un incendio, pero estás oliendo humo todos los días.
Cuando el amor se mezcla con saturación
A veces me siento una mala hija por estar cansada. Me da vergüenza decirlo en voz alta. Me da miedo que alguien piense que no la quiero.
La quiero muchísimo.
Hay días en los que me llama y solo quiere contarme que ha visto en la tele “a una chica que se parecía a ti” o que “han puesto flores nuevas en la plaza”. Y yo, en vez de disfrutarlo, estoy pensando en la lista: pregúntale si ha comido, recuérdale lo del fisio, dile que no salga sola si llueve.
Y luego me odio por no estar presente. Por no tener paciencia infinita.
Me agobia el ruido mental. Me agobia la sensación de que si no estoy yo, nadie está. Me agobia que mi vida se haya llenado de recordatorios y alarmas, como si yo también me hubiera convertido en un pastillero.
Y, al mismo tiempo, me rompe verla hacerse pequeña.
Cuando me dice “no me dejes sola”, aunque lo diga en broma.
Cuando se queda mirando la nevera como si fuera un puzzle.
Cuando me pregunta tres veces lo mismo y luego se disculpa, bajito, como si hubiera cometido un delito:
—Perdona, hija… estoy pesada.
Y yo quiero gritar: no eres pesada, es que esto pesa.
El punto de inflexión
El punto de inflexión no fue una tragedia. Fue una tontería.
Un martes me llamaron del trabajo para adelantar una reunión. En ese mismo momento, mi madre me escribió: “¿A qué hora venías hoy?”. Yo no había dicho que iba. Solo había pensado pasar, por si acaso, a dejarle unas cosas.
Me quedé mirando la pantalla. Y me di cuenta de algo: mi madre ya vivía esperando mis visitas, y yo ya vivía sintiéndome obligada a sostenerlo todo. Sin hablarlo, sin pactarlo, sin estructura. Solo con inercia.
Esa noche abrí el WhatsApp del grupo “Ama” y escribí, por primera vez, sin rodeos:
“Necesito que nos organicemos de verdad. No puedo con todo. Esta semana: uno se encarga de la compra, otro de la cita del jueves, y yo hago la medicación. Si no se reparte, no llego.”
Tardaron en contestar, pero contestaron. Con alguna excusa, con algún “perdona, no me di cuenta”, con ese tono defensivo que sale cuando alguien siente que le están señalando. Me temblaban las manos mientras lo leía.
Y aun así, fue un avance.
Después llamé a mi madre y le dije:
—Ama, vamos a hacer un plan para que estés más tranquila y yo también.
Ella se quedó callada.
—¿Estoy siendo una carga?
Y ahí casi se me rompe la voz. Porque esa es la herida de fondo: ella teme ser una carga, y yo temo no estar a la altura.
—No eres una carga. Pero necesito ayuda. Y vamos a pedirla. No pasa nada.
Al colgar, lloré en silencio en la cocina, con el móvil en la mano, como si ese “no pasa nada” fuera una mentira piadosa. Pero también como si, por fin, hubiera dicho una verdad: no puedo sola.
No estás sola
Si has pensado alguna vez “me agobia cuidar de mi madre” o “me agobia cuidar de mi padre”, no eres mala hija. No eres egoísta. No eres fría. Eres humana.
El cuidado sostenido cansa. No porque no haya amor, sino porque el amor no reemplaza el descanso, ni la organización, ni el apoyo.
Lo que agobia no es tu madre. Lo que agobia es la suma: la incertidumbre, la logística, la coordinación, el miedo, el “por si acaso”, el estar siempre alerta. Lo que agobia es que el cuidado se instale en tu cabeza incluso cuando estás trabajando, cenando, intentando dormir.
Decir “me agobia” no significa “no la quiero”. Significa “esto me sobrepasa como está ahora”.
Y hay algo importante que me estoy repitiendo últimamente, cuando me entra la culpa:
Cuidar no debería ser sinónimo de hundirse.
Cuidar también es poner límites.
Cuidar también es pedir ayuda.
Cuidar también es repartir.
No siempre se puede arreglar todo. No siempre se consigue que la familia funcione como debería. No siempre se encuentran recursos perfectos. Pero hay una diferencia enorme entre vivir esto en silencio y empezar a nombrarlo.
A veces el primer paso no es hacer más. Es aceptar que no puedes con todo, y que eso no te quita amor.
Si hoy estás al límite, si te sientes saturada, si estás cansada de ser la que coordina, la que recuerda, la que sostiene… respira. No estás sola. Hay muchas como tú. Y aunque a ratos parezca que el mundo sigue como si nada, lo que estás haciendo importa.
Solo que no tienes por qué hacerlo sola.
Si te has sentido identificada con esta historia y sientes que necesitas ordenar, compartir y aliviar la carga del cuidado, quizá ha llegado el momento de dejar de hacerlo sola.
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